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El poder de rezar todos los días

  • Foto del escritor: Paola Leguiza
    Paola Leguiza
  • 14 may 2020
  • 5 min de lectura

Actualizado: 14 may 2020



  1. Don Bosco y el Rosario

“Todos los que conocieron a Juan de niño, atestiguan su amor a la oración y su gran devoción a la Virgen Santísima. El santo Rosario debía serle familiar, puesto que desde los primeros tiempos del Oratorio hasta los últimos años de su vida quiso que indefectiblemente lo rezaran los jóvenes cada día: nunca admitió que pudiera haber una razón para dispensar a una comunidad de rezarlo. Para él era una práctica de piedad necesaria para llevar una vida virtuosa, como el pan cotidiano para conservarse fuerte y no morir” Juanito Bosco aprendió a amar y a rezar el Rosario en la escuela de Mamá Margarita, como el mismo decía: “Su mayor preocupación (de Mamá Margarita) fue instruir a los hijos en la religión, enseñarles a obedecer y ocuparlos en cosas propias de su edad. Desde muy pequeño, ella misma me enseñó las oraciones; apenas fui capaz de unirme a mis hermanos me arrodillaba con ellos por la mañana y por la noche y, juntos, recitábamos las oraciones y la tercera parte del Rosario” Mamá Margarita se distinguió como maestra de oración y la oración es un acto de familia, de compartir la fe. Al describir las prácticas de piedad más comunes en el Oratorio se afirma: “Pero lo que más le interesaba a Don Bosco era el santo Rosario y por eso escribe unas brevísimas consideraciones para cada uno de los quince misterios. Hacía recitar la tercera parte del Rosario cada día de fiesta, animando fervorosamente a sus muchachos para que siguieran rezándolo en sus casas, a diario, a ser posible. Él, mientras estuvo solo, recitaba diariamente la tercera parte con su madre, después, al juntarse los primeros muchachos asilados, se rezaba diariamente durante la santa misa. Desde que se abrió el Oratorio de Valdocco hasta nuestros días, resonó esta oración tan querida de María y tan eficaz en las horas angustiosas de la Iglesia, dentro de su querido recinto, al despertar de cada aurora. Solo una vez al año, por la tarde de Todos los Santos, se recitó siempre, por entero, el Rosario en sufragio de las almas del purgatorio, y Don Bosco no dejó nunca de participar, arrodillado en el presbiterio y dirigiendo él mismo, a menudo, la plegaria” Recordemos que en I Becchi, lugar donde nació Don Bosco, en el piso bajo de la casa de su hermano José, en la parte oeste de la habitación, había adaptado un pequeño espacio para capilla, y Don Bosco lo dedicó a la Virgen del Rosario. La capillita fue inaugurada el 8 de octubre de 1848 y hasta el 1869 el santo celebraba cada año la fiesta de la Virgen del Rosario solemnizándola con la banda musical de los muchachos de Valdocco. Este local fue el primer centro de culto mariano querido por Don Bosco y testigo privilegiado de los comienzos de la Congregación Salesiana. En efecto, aquí, el 3 de octubre de 1852, Miguel Rua y José Rocchietti se impusieron la sotana. También en esta capilla rezó ciertamente Domingo Savio, el 2 de octubre de 1854, con ocasión de su primer encuentro con Don Bosco y en los dos años sucesivos durante las vacaciones otoñales en I Becchi.

  1. Oración de la familia

Y ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del Santo Rosario en familia. El Concilio Vaticano II ha puesto en claro cómo la familia, célula primera y vital de la sociedad “por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia”. La familia cristiana, por tanto, se presenta como una Iglesia doméstica cuando sus miembros, cada uno dentro de su propio ámbito e incumbencia, promueven juntos la justicia, practican las obras de misericordia, se dedican al servicio de los hermanos, toman parte en el apostolado de la comunidad local y se unen en su culto litúrgico; y más aún, se elevan en común plegarias suplicantes a Dios; porque si fallase este elemento, faltaría el carácter mismo de familia como Iglesia doméstica. Por eso debe esforzarse para instaurar en la vida familiar la oración en común. Después de la celebración de la Liturgia de las Horas —cumbre a la que puede llegar la oración doméstica—, no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su expresión frecuente y preferida. Sabemos muy bien que las nuevas condiciones de vida de los hombres no favorecen hoy momentos de reunión familiar y que, incluso cuando eso tiene lugar, no pocas circunstancias hacen difícil convertir el encuentro de familia en ocasión para orar. Difícil, sin duda. Pero es también una característica del obrar cristiano no rendirse a los condicionamientos ambientales, sino superarlo; no sucumbir ante ellos, sino hacerles frente. Por eso las familias que quieren vivir plenamente la vocación y la espiritualidad propia de la familia cristiana, deben desplegar toda clase de energías para marginar las fuerzas que obstaculizan el encuentro familiar y la oración en común (Marialis Cultus nn. 52.54).

Modo de rezarlo

El Rosario, según la tradición admitida por nuestros Predecesor S. Pío V y por él propuesta autorizadamente, consta de varios elementos orgánicamente dispuestos: a) la contemplación, en comunión con María, de una serie de misterios de la salvación, sabiamente distribuidos en tres ciclos que expresan el gozo de los tiempos mesiánicos, el dolor salvífico de Cristo, la gloria del Resucitado que inunda la Iglesia; contemplación que, por su naturaleza, lleva a la reflexión práctica y a estimulante norma de vida; b) la oración dominical o Padrenuestro, que por su inmenso valor es fundamental en la plegaria cristiana y la ennoblece en sus diversas expresiones; c) la sucesión litánica del Avemaría, que está compuesta por el saludo del Ángel a la Virgen (cfr. Lc 1,28) y la alabanza obsequiosa del santa Isabel (Cfr. Lc 1,42), a la cual sigue la súplica eclesial Santa María. La serie continuada de las Avemarías es una característica peculiar del Rosario y su número, en le forma típica y plenaria de ciento cincuenta, presenta cierta analogía con el Salterio y es un dato que se remonta a los orígenes mismos de este piadoso ejercicio. Pero tal número, según una comprobada costumbre, se distribuye —dividido en decenas para cada misterio— en los tres ciclos de los que hablamos antes, dando lugar a la conocida forma del Rosario compuesto por cincuenta Avemarías, que se ha convertido en la medida habitual de la práctica del mismo y que ha sido así adoptado por la piedad popular y aprobado por la Autoridad pontificia, que lo enriqueció también con numerosas indulgencias; d) la doxología Gloria al Padre que, en conformidad con una orientación común de la piedad cristiana, termina la oración con la glorificación de Dios, uno y trino, “de quien, por quien y en quien subsiste todo” (Cf. Rom 11,36). (Marialis Cultus n. 49).



 
 
 

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